El movimiento obrero es un fenómeno social y político que tiene sus orígenes en Inglaterra en el siglo XVIII.
Las condiciones laborales y de vida eran especialmente duras para la clase obrera: jornadas superiores a las doce horas, trabajo de mujeres y niños con menos salario, gran cantidad de accidentes laborales, falta de higiene en el trabajo y las viviendas, ausencia total de prestaciones sociales al margen de la beneficencia y paro.
Por su parte, las condiciones del jornalero agrícola no eran más favorables con salarios de hambre, paro estacional y carencia de tierra propia. Los jornaleros solamente encontraron dos alternativas: emigrar a los centros industriales, u optar por soluciones desesperadas como la ocupación de tierras o el bandolerismo.
Las primeras manifestaciones del movimiento obrero sucedieron en Cataluña, donde se dieron protestas aisladas y violentas en las que se destruyeron máquinas y se incendiaron fábricas en una suerte de ludismo. Posteriormente, se crearon Sociedades de Socorros Mutuos para cubrir las necesidades de los asociados relacionadas con la enfermedad y la vejez. Muchas de estas Sociedades terminaron por ser Sociedades de Resistencia, completamente prohibidas por las autoridades.
En cuanto a las agitaciones campesinas en Andalucía, el hambre empujó a la ocupación ilegal de tierras, pero su carácter local y poco organizado facilitó la intervención militar y la represión, especialmente, cuando se creó la Guardia Civil.
El movimiento obrero durante el Sexenio vivió un período de expansión gracias a dos factores. En primer lugar, el reconocimiento de la libertad de asociación facilitó que las organizaciones obreras salieran a la luz. Y en segundo lugar, es evidente la repercusión que tuvo en España la creación de la AIT en Londres. Los Congresos Obreros gozaron de mucha importancia en España de 1865 a 1868. Bakunin envió a España a Giuseppe Fanelli para organizar la sección española de la AIT dentro de la corriente anarquista. Se crearon dos: una en Madrid y otra en Barcelona.
Por su parte, en 1871 llegaba a Madrid Paul Lafargue, yerno de Marx, para reconducir hacia el marxismo a los internacionalistas españoles. Lo consiguió en un grupo de la sección madrileña, que constituyó la Nueva Federación Madrileña, en la que estaba el tipógrafo Pablo Iglesias. Así pues, desde el primer momento, surgió la escisión del movimiento obrero español entre anarquistas y socialistas. Cuando esta separación se materializase en 1872 en la Internacional, la Federación Regional Española de la AIT se sumaría a los principios anarquistas rechazando a los marxistas. De ese modo, se consolidaba la corriente anarquista en el movimiento obrero español. Su apoyo a la insurrección cantonalista y el fracaso de esta supuso la muerte de la Federación. Serrano decretaba la ilegalidad de la AIT y de las asociaciones obreras, que se extinguieron o pasaron a la clandestinidad.
Desde 1881, el clima fue más favorable a las organizaciones obreras al subir Sagasta al poder. En 1887 se da la legalización definitiva de las mismas. La importancia de la clase obrera aumenta a medida que se produce la progresiva industrialización. Socialistas y anarquistas se van organizando por separado, y a partir de 1879 aparecerán organizaciones católicas.
El anarquismo fue la corriente mayoritaria dentro del movimiento obrero español. Los anarquistas rechazaban la acción política. Fue muy activo el sector anarquista partidario de la violencia terrorista de la «propaganda por el hecho». En los años noventa se entró en una dinámica de atentado, represión con fusilamientos, nuevo atentado como represalia y nueva represión, naciendo en ese momento una legislación antiterrorista.
Por su parte, un grupo madrileño, donde dominaban los tipógrafos con Pablo Iglesias como figura fundamental, fundaba en la clandestinidad el PSOE en 1879, cuyas aspiraciones serían la abolición de las clases sociales, la emancipación de los trabajadores, la transformación de la propiedad individual en propiedad social y la posesión del poder político por la clase trabajadora. En 1888 se creaba la UGT como sindicato del partido. En el año 1890 se establece por el movimiento obrero el primero de mayo como día del trabajo. Los socialistas convocaron manifestaciones en Madrid, Barcelona y Bilbao el 4 de mayo (domingo). La patronal optará por los despidos en la última ciudad. En respuesta, se desencadenó una huelga general en Bilbao donde las condiciones de vida de los obreros eran, además, peores. Es una victoria de los obreros: jornada promedio de diez horas, abolición del truck system y el fin de la obligación de residir en barracones. Aunque los anarquistas también participaron en el primero de mayo, este terminó vinculándose al movimiento obrero socialista.
El jesuita Antonio Vicent fundaba en 1879 los Círculos Católicos a imitación de los Círculos obreros franceses. Eran casinos populares ideados para apartar a los obreros de las tabernas y contaban con el apoyo de los patronos. En 1891, el Papa León XIII publica la encíclica Rerum Novarum, como respuesta de la Iglesia al auge del movimiento obrero. En ella, las organizaciones católicas encontraron una carta de derechos sociales, así como la doctrina oficial de la Iglesia en materia social. La iglesia quería que los círculos adquirieran un cariz social, y en 1895 se constituía en Madrid el Consejo Nacional de las Corporaciones Católico-Obreras, que agrupaba a los círculos, cooperativas y patronatos católicos. A las organizaciones católicas se les acusó de colaborar con los patronos por parte de los sindicatos de clase

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