El Estado liberal abolió las trabas legales del Antiguo Régimen en relación con la producción industrial y el comercio: sistema gremial, portazgos, barcazgos, peajes, etc.

Las inversiones en transporte, especialmente en el ferrocarril, permitieron mejorar el comercio interior, pero, en todo caso, todavía a finales del siglo se estaba lejos de haber alcanzado un mercado interior único y articulado.

Después de las independencias americanas, España perdió su mercado colonial. El volumen del comercio exterior tuvo que ir dirigiéndose hacia Europa, pero con una balanza comercial deficitaria, ya que se exportaban materias primas y productos semielaborados y se importan productos industriales.

En España se produjo una clara pugna entre el proteccionismo y el librecambismo. Los proteccionistas, harto poderosos, fueron los fabricantes de algodón catalanes, los grandes productores de cereal del interior peninsular y los industriales siderúrgicos vascos. Los librecambistas, por su parte, serían los comerciantes y las compañías ferroviarias.

La política arancelaria española fue muy proteccionista a lo largo de todo el siglo XIX, con la excepción del Arancel Figuerola de 1869, algo menos proteccionista. La modernización del sistema monetario consistió en la implantación de una sola unidad monetaria, dada la diversidad de monedas que circulaban como herencia del Antiguo Régimen. En el año 1868 se instauró como unidad monetaria oficial la peseta, pieza de origen catalán.

Al mismo tiempo que se reformaba el sistema monetario se procedió a implantar un sistema bancario. El primer banco había sido el Nacional de San Carlos de 1782. Pero tras su quiebra, y para solucionar en parte los problemas económicos de la deuda, se creó en 1829 el Banco Español de San Fernando, cuya función básica era la de prestar dinero al Estado. En el reinado de Isabel II se fundaron dos bancos más: el Banco de Isabel II en Madrid y el Banco de Barcelona. Pero la rivalidad entre el de San Fernando y el de Isabel II llevó a ambos al borde de la quiebra. El Gobierno los fusionó. En 1856 este nuevo banco pasó a denominarse Banco de España. Tras las leyes bancarias del bienio progresista, relacionadas con la Ley de ferrocarriles, surgieron diversos bancos, aunque muchos de ellos se hundieron en la crisis de 1866. Otra época de creación de bancos fue tras el desastre colonial del 98, cuando se repatriaron muchos capitales situados en las colonias perdidas.

La reforma hacendística más importante del siglo XIX fue la de Mon-Santillán en 1845, que acabó con el desorden de la hacienda del Antiguo Régimen y sentó las bases de una hacienda moderna: simplificación y racionalización del sistema fiscal, además de la aplicación del principio liberal de igualdad ante la ley. En todo caso, la reforma no alcanzó la equidad en la contribución al primar los impuestos indirectos sobre los productos de primera necesidad (consumos), con su consiguiente contestación social, ni tampoco se alcanzó la suficiencia en los ingresos. Hay que resaltar, por otra parte, la creación del presupuesto, documento en el que el Estado registra las previsiones de ingresos y de gastos. Como los ingresos procedían de las contribuciones de los ciudadanos, debían ser estos los que aprobasen, a través de los representantes en las Cortes, las cuentas públicas.

El principal problema hacendístico fue la insuficiencia de ingresos, que no alcanzaban para cubrir los gastos del Estado. El presupuesto siempre fue deficitario. Y como las necesidades financieras se incrementaron durante el siglo, no quedó más alternativa que emitir deuda pública. Esta deuda pública se vinculó en el reinado de Isabel II a las desamortizaciones, especialmente a la de Mendizábal. La deuda ejerció una influencia muy negativa en la economía española, ya que absorbió capital que podía haberse canalizado hacia la economía productiva.

En el primer tercio del siglo XX se vivió una etapa de crecimiento económico basado en un fuerte proteccionismo, en el aumento de la producción agrícola, en el impulso de la industria siderúrgica vasca y en la presión de la demanda exterior debida a la I Guerra Mundial.